¿Se ha examinado alguna vez lo suficientemente de cerca esta extraña enfermedad del alma que se denomina aburrimiento? Resulta bastante notable que afecte de preferencia a los jóvenes. Por eso el romanticismo, que pretendía ser una adolescencia eterna, hizo de él su banderín de enganche.
Si mis recuerdos no me engañan, me he aburrido mortalmente durante mis años de infancia, luego cada vez menos conforme crecía, y ya absolutamente nada desde los dieciocho años.
Cierto es que existe el bostezo, y más aún, cierta manera de apoyar la frente en el cristal de la ventana, abstrayéndose en la sombría contemplación de una calle casi desierta, por la que vagan criaturas insípidas e indeseables. Existe también cierto matiz apagado de los ruidos que procede del espesor del inmueble, una luz glauca de acuario que cae sobre todo desde un cielo uniformemente velado, y por fin un clamor silencioso que ruge la desesperación de existir. Existen… cien maneras más de vivir su aburrimiento, de aburrirse.
Recuerdo un suceso. Un domingo por la tarde unos adolescentes secuestraron a un anciano. Tras haberle torturado un largo rato, estaban a punto de colgarle cuando la policía intervino en el último momento. Los interrogaron. Se encogieron de hombros. Uno de ellos explicó: “No sabíamos qué hacer”. Bernanos definió así el aburrimiento: “Una desesperación abortada, la fermentación de un cristianismo descompuesto”.
Si el niño es la presa favorita de este lóbrego vacío, de esta tétrica angustia, o de esta nada color polvo, es sin duda por su falta de raíces en el discurrir de las cosas, por su exceso de disponibilidad. Es propia de su edad esperar la llegada de algo o de alguien extraordinario que va a renovarlo todo, que lo trastornará todo, aunque se trate de una catástrofe planetaria. Salir de viaje, o mejor aún, una mudanza, bastan para sumirle en la embriaguez. En 1938, 39 o 40, yo tenía trece, catorce, quince años. Recuerdo el fervor con que rezaba para que estallase una guerra y enviase al cuerno toda la sociedad de cucarachas en la que yo agonizaba. Fui colmado más allá de todos mis deseos…
¿Por qué el adulto se encuentra por lo general al abrigo de este vértigo insípido y peligroso? Sin duda porque su vida cotidiana está repleta de llamadas, requisiciones y urgencias que son otras tantas pasarelas sobre esos abismos que separan unas horas de otras. Y también porque las mallas de su tiempo están más flojas, menos apretadas que las del tiempo del niño. El ritmo vital del niño late diez, cien veces más deprisa que el del adulto, y necesitaría una materia vivida diez y cien veces más rica para colmarlo.
Michel Tournier, El árbol y el camino
(Con cariño para @nereisima y todos mis amigos. Un texto que les he citado —un poco trastornado— algunas veces. Guarda, sin embargo, el mayor valor para mí. Siento que aquí reposa una verdad fundamental de la vida, que espero que la vida misma me permita desatar…)
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