Equus eroticus

El mundo está lleno de horror. Se sabe. Y la ciencia ha de darnos elementos para comprender la naturaleza del horror, sus motivos, su poder para materializarse y otorgar sentido, los modos en que insufla aire a tantas vidas al extremo de parecer casi una forma particular de vida. Su seducción.

Cargando con una vida, he debido soportar todo tipo de pavores. He conocido la infamia y el cinismo. Los he incluso abrigado en mí. Pero nunca he soportado el menor contacto con una de las formas más pudendas de ultraje de la vida: el desprecio por el vicio abandonado.

Es comprensible que quienes nunca han vivido el vicio sean incapaces de concebir siquiera el sentido de habitación y comunión que enlaza a un hombre con el vicio primorosamente construido. Conocemos casos de gente pacata y pusilánime —y sí, horror de horrores, incluso anhedónica—  incapaz de conceder al vicio el lugar vivificante y tierno que la Naturaleza le ha reservado en la comunidad de las almas. Pero que haya personas que, conociendo las favores del vicio, renuncien a ellos con desprecio, es una desafección imperdonable e infame.

Sucede aquí como en la pérdida del temor de Dios, comportamiento propio de una cultura de hombres mediocres e impíos. La soberbia es uno de los signos de la decadencia social tantas veces anticipada por los profetas. Tenían razón esos teólogos que afirmaban que Dios podía perdonar a aquellas pobres almas de pueblos bárbaros que jamás conocieron su Palabra, pero que era implacable con aquellos que, expuestos de manera privilegiada a la Gracia, la negaban con soberbia. La ignorancia natural de la Verdad es tolerable; su negación social, el oprobio.

Vivimos una época particularmente horrorosa. Se sabe. Ayer tuve que ver un comercial que invitaban al vicioso a romper cigarrillos, a pisotearlos. Una mujer descrita como otrora decadente y desgraciada por causa de su adicción al cigarrillo, exhibía su gesto de destrucción como una suerte de emancipación. Esta señora representaba el espeluznante destino del vicio en el mundo actual: esa falaz y desgraciada asociación con la esclavitud. Pretender que el vicio esclaviza solo muestra una total ignorancia de su naturaleza y funcionamiento. Todos esos cuerpos lúgubres asociados mediáticamente al vicio no son más que el resultado de una disposición deseante más bien débil y triste. Estaban condenados a la esclavitud de entrada: en sus vidas las anfetaminas, el tabaco o el alcohol, no son más que contingencias, si no se doblegaban ante esas sustancias lo harían ante cualquier otro objeto.

Pero el verdadero vicioso es un hombre vigoroso y libre. Cabalga la sustancia. La doma. Le pone bridas. Él mismo es jinete y caballo. Equus eroticus. Debemos ver aquí una libre relación de transferencia de poder y no de vulgar obediencia. Recuerdo esa preciosa leyenda que nos cuenta que el gran Aristóteles gustaba de ser cabalgado por su ama Herpilis. Todos aquellos espíritus bellos que se ejercitan en la filosofía conocen bien esta doble relación de dominio. Filósofo ponyboy.

Richard Tamayo N.

  

De Wagner siempre me ha impresionado el poder de su música. Poder en sus sentidos de potencia y política, con todo lo bueno y lo malo que eso supone. Aquí una muestra del poder wagneriano en la estupenda voz de Astrid Varnay.

“Muerta-de-hambre”

[Hoy se cumplen 100 días de una huelga de hambre iniciada por los detenidos ilegalmente en Guantánamo. A propósito de esta huelga les comparto un texto que escribí hace un tiempo]

Hay demasiadas razones para admirarse ante una huelga de hambre.

En principio, valen por su sentido puramente reaccionario. Allí donde la mayoría de personas se entregan a un consumo autómata y naturalizado de alimentos, el huelguista trae de vuelta la pausa, el protocolo y el lenguaje: ¿sabemos por qué comemos lo que comemos?, ¿sabemos siquiera qué comemos o para qué?, ¿hay un más allá del manido argumento de la necesidad cuando nos enfrentamos ante el (sin)sentido del comportamiento alimenticio?

Pero también, el hambre autoimpuesta nos lanza a preguntarnos por todas las formas de imposición, más o menos conscientes y más o menos estratégicas, del hambre. Hay toda una geopolítica alimentaria que responde a variables socioeconómicas, climáticas y culturales, cuyos desastrosos efectos son cínicamente enmudecidos a través de los media e, incluso, la academia. El deseo alimenticio de millones de personas en el mundo es regularizado, cooptado, precarizado y casi anulado en su valor biológico, por medio de perversas políticas económicas. Y —no sin cierta “inteligencia”— el mismo Estado (y muchos organismos multilaterales y ONG), usan programas de asistencia alimentaria como excusa y plataforma para realizar intervenciones de todo tipo sobre comunidades vulnerables: no sólo se intercambian mercados por votos, sino también por permitir la intervención corporal con fármacos o la intervención psicosocial con valores éticos más que cuestionables (evangelización, normalización sexual, etc.). El mismo alimento que se niega en un nivel, retorna en otro como exigencia de sumisión política, médica y moral. Basta con atender a los efectos de amplificación de la crisis alimentaria que desató el terremoto de Haití, para comprender de qué manera se entretejen estrategias colonialistas y asistenciales en el desempoderamiento político de comunidades específicas.

Pero el hambre impuesta resulta, también, fuente de todo tipo de contraconductas políticas. Hoy somos testigos de una reverberación de ánimos revolucionarios en África y Medio Oriente que, en gran medida, son una forma de denunciar las formas calculadas de anulación de la capacidad de consumo de alimentos en las grupos sociales más vulnerables.

Las huelgas de hambre son, a fin de cuentas, un mecanismo a través del cual las singularidades más infames se insertan en la vida política y en la historia. Aquellos seres opacos y opacados que pululan en el mundo, acceden a un poco de luz mediática por medio de la exposición de su cuerpo demacrado. El hambre es —en ocasiones más que paradójicas— el modo en que los débiles hacen la guerra en todos los dominios en los que son precarizados: la familia, el Estado, los media, etc. La emaciación termina devolviendo la dignidad a cuerpos que han perdido cualquier otra posibilidad de lucha. Por el hambre, el cuerpo mismo se convierte en trinchera.

Sin embargo, mientras escribo este texto, una jovencita mexicana llamada Estíbaliz Chávez, lleva 9 días en huelga de hambre frente a la Embajada Británica de México bajo el reclamo de ser invitada a la boda del Príncipe William. Ha perdido 7 kilos, según informan algunos de los cientos de medios de comunicación que la han convertido en parte de su repertorio de “noticias curiosas”. Dice Estíbaliz que su amor por la realeza le fue inculcado por su madre y que prefiere morir antes de ver la transmisión de tan magno evento por televisión. 

Más de un desprevenido culturalista podrá afirmar que esto es un acto de resistencia, pero no dejo de pensar que cumple muchos de los criterios con los que se define el oportunismo. Por respeto a la dignidad revolucionaria de los millones de cuerpos depauperados, descarnados, agotados y desnutridos que cubren la historia, ruego porque la dejen morir, indigesta de su vergonzosa idealización de la realeza británica.

Richard Tamayo N.

Parasiempre

Hoy salí de mi oficina a las 6:40 y me eché a caminar para evitar llegar demasiado temprano a la casa. Como siempre.

Y de repente en la calle me llegó tu olor. El diario, el íntimo, el de la almohada. Y miré enloquecido a todas partes, buscándote, esperando a que emergieras de tus propias huellas, luminosa y sonriente. Como si hubieras regresado a hurtadillas por el beso tantas veces repetido.

Y no te vi. Y en cambio me quedé allí inmóvil, yerto, horrorizado con mi propia memoria. Con miedo a traer en un respiro esa vida nuestra que creía superada.

Y respiré de nuevo. Y luego una vez más.

De modo que a esto te referías cuando decías ‘parasiempre’.

El infierno son los otros, de Raúl Gómez Jattin*

Cuando saben que viviste entre ellos
a pesar de que no tenías su entraña
y tu tiempo era trascendente y bello
se preguntan qué llevabas en tu pecho
tan callado
tan serio
tan verdadero
Cuando parecías no existir para la vida

Esos libros los perturban
los asedian
¿Por qué los nombras tan oscuros?
¿Por qué no figuran como héroes?

Cuando saben que viviste entre ellos
tal vez se preguntan: ¿por qué no lo matamos
cuando aún no era conocido? 
¿por qué?

Tal vez digan: ¿qué hace tu miseria
tu tristeza
como símbolo de un pueblo?

Nunca es tarde para hablar de ellos
para recordarles que tú no eras el tonto
para revivir algo que el arte siempre
le ha tenido a la bruta vida:
ODIO


* Este poema inédito aparece en una grabación que Gómez Jattin hizo para la Colección Literaria de la HJCK. Es un trozo de verdad de tal profundidad, que sería vergonzoso dejar de transcribirlo para ustedes.

  

Canciones que son tormentas. Un momento de furor romántico con Thomas Quasthoff. Es un extracto de una ópera heroica llamada Euryanthe compuesta por Carl Maria Von Weber en 1823. Disfrutemos. 

Desiertos

“Era muy solitario…”, así comenzaba una nota de prensa sobre Adam Lanza, el chico que asesinó a su madre y a 26 personas más en Newtown, Connecticut, el 14 de diciembre de 2012. “Solitario”, así lo recordaban unos pocos compañeros de colegio que fracasaban en el intento de decir algo más conciso o medianamente significativo sobre él. En su memoria, Lanza no pasaba de ser un decorado accidental, tan irrelevante como la forma que tenían las nubes en el momento de nuestro primer beso.

“Lanza era solitario”, repetían una y otra vez los periodistas. E incluso “no tenía perfil en Facebook”, lo que refrendaba el carácter sintomático de su soledad, pues ¿qué chico normal no vive hoy día gracias a Facebook? “Solitario”, “solo”, “muy solo”, “retraído”, “antisocial” y, por ello mismo, inaccesible, inescrutable, indefinible más allá del único acto por el que le recordaremos en adelante.

Pero, ¿hay algún otro modo de comprender esta masacre más allá de su aparente anti-socialidad? ¿En qué momento empezamos a pensar que cualquier ataque al vínculo social proviene de una región distinta a lo social mismo? ¿Y qué si Lanza solo podía hacer parte del contrato social como agente de ruptura? Lanza o el des(a)nudamiento, así me gusta pensarlo esta noche. No hay que olvidar que a las demandas sociales se puede responder incluso con el exterminio…

Pero hoy hablamos de los solos. Solos, como Lanza, son también la mayor parte del elenco de psicópatas, asesinos seriales, pedófilos, violadores y demás monstruos que componen el imaginario popular de la maldad. Los solitarios son sospechosos por definición: incuban vicios, anidan males, guardan catástrofes por liberar. En ellos, la soledad es un factor de aprensión: si no es porque no quieren malograr sus depravados planes, ¿por qué motivo buscarían las sombras? Ellos se hacen a la soledad para retraerse de la piadosa prudencia del pueblo. Se echan al desierto para guarecerse del Juicio de Dios. Saben que cualquier contacto con el otro pondría en riesgo su malevolencia.

Se sabe que el vicio hace de la soledad su morada nutricia. Por fortuna, la psicología y la psiquiatría le han dado densidad científica a esta sabia intuición popular, al límite de volverla casi irrefutable. De hecho, los más depurados científicos del deseo han elevado la soledad incluso al nivel del síntoma. Basta con leer detenidamente informes forenses y atender a las declaraciones de muchos psicólogos sobre los tantos monstruos que a diario surgen de la infamia, para corroborar que la soledad es un síntoma transversal a cuadros psicopatológicos de los más diversos tipos. Sin embargo, resulta al menos curioso que la soledad, a pesar de ser un signo tan recurrente en la literatura forense es, a la vez —¿o por ello mismo?—, casi invisible para el espíritu científico, quizá porque es una característica solo aprehensible metalépticamente, un pródromo, un signo previo al seguro despliegue de la malignidad que anticipa y de la cual es solo una parte acaso insignificante para el ojo incauto, pero esencial en su anidamiento. Pues hay que decirlo, no es la soledad el origen del mal, pero sí su matriz natural, su cálido útero.

La mirada natural nos indica que la soledad debería ser un signo inquietante para el científico en la medida en que acentúa toda la perversidad que acompaña. Y sin embargo, es su omnipresencia en el mal la que nubla el juicio clínico, pues como en todo aquello que en la Naturaleza goza de universalidad, la soledad es por ello mismo un signo intrascendente, inútil, banal. Se sabe que la soledad incuba crímenes, pero la ignominia del crimen impide ver su cuna y la mano que le mece. Es por esto que la sociedad es como un tonto soldado avisado que muere en guerra, pues se ha acostumbrado a identificar el mal en su fatídica realización y no a través de la perversidad que le incuba.

Ahora bien, ¿de dónde surgen los solos? ¿Qué lleva a algunos seres a preferir esa extraña manía?, ¿la prefieren realmente o son inducidos a ella por algún sino trágico?, ¿debemos ver la soledad como la expresión de un deseo corrupto o como una minusvalía anímica?, ¿por qué, en fin, alguien querría vivir el aislamiento y despreciar la Gracia de la compañía? La respuesta a todas estas preguntas aún permanece oculta y constituye uno de los enigmas centrales de cualquier cosmogonía del deseo.

El caso es que yo mismo parezco ser un solo. O al menos ello parece colegirse del modo recurrente en que familiares, amigos, compañeros, socios e incluso desconocidos, me preguntan “¿por qué estás solo?”. A veces respondo alegremente; otras, con cierto dejo melancólico; pero podríamos enumerar de manera poco exhaustiva las siguientes hipótesis:

  • Romántica-traumática: “es que fracasé en la única relación valiosa que he tenido en mi vida” —hipótesis que produce una curiosa fascinación en las jovencitas y los psicólogos—.
  • Libertina-narcisística: “es que no soporto que el otro sea un límite para mi libertad” —amada por otras tantas jovencitas y otros solitarios—.
  • Magi-cómica: “la verdad es que nunca me he sentido solo sino en una especie de comunión…” —todos sabemos quiénes aceptan con gusto este tipo de ocurrencias—.
  • Trágica-semiótica: “creo que llevo tanto tiempo solo que ya no sé estar con alguien” —hipótesis no admitida por nadie en especial aunque quizá sea la más precisa…—.

Una formulación no menos directa y común a todas esas personas prosaicas que visten sus respuestas con preguntas tiene la forma retórica “¿Está usted solo?”. A toda esa gente anodina contesto: “No, no lo estoy, lo soy. Soy inhóspito e inhabitable…”.

Solitario como soy, recogido en mis propios desiertos, he terminado por desconfiar de mí mismo. A veces, una visión de la catástrofe inunda mis fantasías. Soy testigo de mi propia perversidad liberada. La acojo, la abrigo y la acaricio en medio del aburrimiento. Otra veces, son mis sueños los que dan forma a esa voluntad angélica de traer la ruina al mundo. Y despierto descansado, pero también con una tarea pendiente. Es como si la vida onírica se me presentara, como otrora, en su sentido evangélico. En otras ocasiones no menos infrecuentes, es el gesto desgraciado de algún fulano el que llama a la Bestia. Una señora que agarra con fuerza su bolso al advertir mi presencia, una jovencita que apura el paso cuando escucha mis propios pasos, una mano paterna que aparta a un niño que juega en la playa cerca de mí. Todos esos gestos son gritos a los que dejo de atender por temor a poner en riesgo el Plan fundamental, pero mi alma no puede dejar de escucharlos casi como súplicas y se enciende en deseos de satisfacción: querría ser viento para despojar de sus pocas pertenencias a esa madre, transformarme en lluvia inoportuna para amar allí mismo en la calle a esa adolescente y raptar primorosamente a ese niño trasmutado en un fastuoso toro blanco; hacer todo lo que esté a mi alcance para que los deseos de tragedia de tantos seres infames no queden truncos, sacar sus fantasías del miserable reino de la imaginación.

Tal vez es ya tiempo de apurar la flor del mal tantas veces imaginado. Desatar la Bestia. Abrir las tiernas alas del Ángel Exterminador. Satisfacer la sed de crueldad social a la que mi propia naturaleza me ha hecho proclive. Emprender la carnicería tantas veces prometida y por tantos esperada. Complacer al mundo a través de su abolición.

Richard Tamayo N.

Para César Gómez M. (@alacontra)

Mundo

Pues bien, resulta que una tarde la brisa en la que te envuelves cuando caminas hacia tu casa te vuelve a tocar. Y te sientes libre de nuevo. Sonríes ante la dicha, construida y luchada, de tu libertad. Pero esta vez caminas con ella al lado. El viento, que era la prueba misma de tu soledad franca, ahora también es de ella.

Bueno, la brisa también era de ella. Esa tarde —tan sobrecargada de epifanías, tan agotadora en sus milagros— te das cuenta que, desde antes, ya estaban juntos. En esa sensación que cada uno vivía sin mayor elocuencia todas las tardes, ya estaban juntos. Solos, sí, pero juntos en la Naturaleza y el Deseo.

Esa tarde, la caminata hacia su casa era un déjà vu de otros tiempos que creían por venir, pero que ya estaban allí atrás: en las vidas que los dos se habían propuesto, en las vidas que a punta de imaginación habían anticipado.

Pues bien, resulta que algunos días después te dicen que te aman. Y te lo dicen en un muy mal momento. Cuando no estabas preparado para nada especial. Estás sentado, ebrio, en medio de una fiesta y la mujer que habías anticipado en toda suerte de fantasías te dice que te ama. Y que desaprueba que te ama. Que no soporta amarte. Que no “está bien” amarte. No esperabas un “te amo” que tuviera la forma del auto-reproche. Un “te amo” que desaprobara su existencia. Estás desconcertado, pero también celebras su velocidad, su urgencia, su apremio casi infantil. Y dudas de ese apremio, porque la vida te ha enseñado a dudar de ese particular sentido de urgencia que tiene todo amor. Pero esperas volver a escuchar ese “te amo”.

Y lo escuchas.

Pues bien, resulta que quieres dormir. Y sonríes mientras la escuchas al teléfono. Nunca le has confesado que odias hablar demasiado tiempo por teléfono. Pero ese es su modo de tenerte cerca. No tiene otra opción mientras permanece secuestrada por sus compromisos familiares. Tú detestas el teléfono porque te recuerda el trabajo y la imposibilidad del tacto, pero ella lo usa para mecerse en la noche y para desplegarte su día. Así que la dejas hablar. Y amas su voz. Muchas veces ni siquiera escuchas lo que te dice. Pero amas su voz. Su tono, sus cadencias, sus errores de conjugación. Corriges sus errores. Ella los sigue cometiendo, pero ahora les suma una sonrisa, para que sepas que tú haces parte del error y porque quiere que la corrijas de nuevo. Amas su voz, te meces en su voz.

Y bien, resulta que ya no sabes cómo demonios se metió en tu casa. Pero la ves sentada en tu cama, pensando, meditando, en actitud de olvido y devoción. Ella ha hecho de tu cama un jardín: un lugar para descansar, contemplar y hacer mejor. Un lugar para el placer y para descansar del placer.

Resulta que nunca le diste a escuchar la sonata HWV 386b de Händel que tanto te la recuerda. Es raro dedicar una pieza musical barroca tan refinada, pero también tan bucólica. Pero es que el andante te acaricia como la brisa de las 6:30 de la tarde. La flauta te recuerda en cada momento que ella ES libre… y te sabe por igual a flor y a sal. Händel siempre te recuerda que ella ES TAN LIBRE como para abandonarte.

Resulta que hace años te habías negado a creer. Y ella se queja de tus prevenciones. Y con razón: no le puedes hacer pagar por tus fracasos previos. Lo justo es que sólo se echen en cara los nuevos fracasos, los propios, los construidos juntos.

Resulta que ella te parece valiente. Y hace rato no usabas la palabra ‘valentía’ para referirte a alguien.

Resulta que te ‘conviertes’, en el sentido religioso del término. En tu caso, en el sentido perversamente piadoso del término. Te conviertes en su amante.

Resulta que no esperabas encontrarte con algunas manchitas en su piel. Pero sí esperabas las pequeñas y suaves tetas que exponía sin reparos.

Resulta que te cantaba en la cama mientras el mundo caía enfrente tuyo.

Resulta que ella te cedió la confianza que habías perdido.

Resulta que amaste de ella la fuerza que tú mismo no habrías tenido en las mismas circunstancias.

Resulta que te culpas por NO haber sido más convincente. Por dudar. Por no defenderla mejor.

Resulta que odiaste su mundo, pero también deliraste con estar por encima de tu propia ira y SU mundo.

Resulta que, contigo, ella NO TENÍA MUNDO.

Y tú tampoco. Tú, que tanto defendías TU mundo, lo olvidabas con ella.

Y juntos eran EL mundo.

Aunque seguías mirando por encima de su hombro para ver el otro mundo. Y esperar a que ella se fuera.

Y se fue. Sin cerrar la puerta. Sin tirar la puerta con tanta fuerza como para escucharla irse. Y te quedaste esperando a que ella regresara a cerrarla.

Pero la puerta permanece abierta y en silencio.

Richard Tamayo N.

  

Una sonata preciosa de Händel a propósito de este relato.

Guattari: Devenir tormenta (Descripción de un curso)

"Cuando era niño, estaba, si puedo decirlo, en pedazos, un poco con atisbos esquizos, en verdad. Entonces he pasado años y años intentando volver a reunirme. Mi único truco para volver a unirme era arrastrar trozos de realidades diferentes. He vivido en una especie de sueño mi relación con mi familia […]. Y después me intereso por la poesía, la filosofía, estoy rodeado de actividades sociales y políticas. He cambiado frecuentemente de estilo, de preocupaciones, de personaje. Al punto que, en mi familia, se me llamaba Pierre, y Félix en mis otros mundos. He terminado –he terminado es mucho decir-, he comenzado a reunirme un poco solamente hacia la cuarentena, por un trabajo con un amigo que tuvo la capacidad de tomar en cuenta todas mis dimensiones"

Pierre Félix Guattari, 1985.

No es un hombre lo que aparece cuando comienzan a reunirse los trozos. Aquello que toma presencia es, más bien, una tormenta cuyos límites son apenas discernibles en virtud de los efectos variables que produce mientras dura ¿Dónde acaba una tormenta? Lo que en una región aparece como vendaval, en otra asoma como brisa. Allí es tempestad, aquí borrasca. Pasa un huracán y sólo la casa del vecino ha caído, pues las ondulaciones del viento se distribuyen de modo heterogéneo según direcciones imposibles de prever.

Después de todo, y por simple comodidad, llamamos tormenta a un efecto de distancia crítica. Ella es un territorio que se traza a cada momento, en cada movimiento, en cada nueva conexión, y que no cesa de desterritorializarse en cada árbol, de abrirse paso a otras potencias, a otros modos de afección.

¿De qué está hecha una tormenta? Un poco de todo. Lluvia, zapatos, vientos, pétalos, aves, gritos, hojas de papel. Pero, ¿y la presión atmósferica?, ¿y los flujos térmicos que recorren el cuerpo de la tierra? Hay algo de Tierra y Cosmos en cada tormenta que afecta la velocidad y la composibilidad de sus elementos. Ahora bien, si no conocemos las partículas y velocidades que componen un cuerpo ¿con qué descaro le ponemos un nombre? ¿Por qué tienen nombres las tormentas? ¿Qué relación hay entre los nombres y las mezclas de cuerpos? Bernardo Soares:

¿Conoce alguien las fronteras de su alma, para que pueda decir: yo soy yo? Pero sé que lo que yo siento, lo siento yo. Cuando otro posee ese cuerpo, ¿posee en él lo mismo que yo? No. Posee otra sensación ¿Poseemos algo nosotros? Si no sabemos lo que somos, ¿cómo sabemos lo que poseemos?

¿Qué tormenta se subsume bajo el enunciado “yo”?, ¿qué intuición hay que rescatar bajo los efectos de orden que impone cada nombre? ¿A qué reunión de trozos que no termina de producirse del todo llamamos Félix Guattari?